Quiso hacer el súper de a grapa y terminó estrenando los macanazos
Existe en el alma humana un abismo insondable donde residen las peores ideas, y justo en el fondo de ese abismo, flotando como chicharrón en salsa verde, habita la absurda convicción de que uno puede salir del supermercado sin desenfundar la cartera.
Cuentan los sobrevivientes del apocalipsis del ticket de compra que, en la sagrada confluencia de Acoxpa y Miramontes, el espíritu navideño descendió con la sutileza de un meteorito en pleno agosto.
Unos ilustres maestros del camuflaje urbano —farderos, para no andar con eufemismos de alta alcurnia— decidieron que la inflación era un mito y quisieron aplicarle el descuento del cien por ciento a su canasta básica.
Pero, ¡ay, dolor!, los Campeones del circuito cerrado ya los tenían fichados.
Imaginen por un segundo ese revoltijo intestinal, el terror absoluto de estos querubines cuando, a escasos centímetros de la libertad automática de las puertas de cristal, sintieron no la brisa del sur de la ciudad, sino el pesado aliento de los centinelas del chaleco negro.
El pánico debió ser monumental, una angustia existencial digna de la caída de Pearl Harbor.
Corrieron aplicando el "patitas pa' qué las quiero", con el sudor frío del pánico y la inmensa pena ajena de saber que la señora de las salchichas, los cerillos y las cajeras los estaban juzgando sin piedad.Existe en el alma humana un abismo insondable donde residen las peores ideas, y justo en el fondo de ese abismo, flotando como chicharrón en salsa verde, habita la absurda convicción de que uno puede salir del supermercado sin desenfundar la cartera. Cuentan los sobrevivientes del apocalipsis del ticket de compra que, en la sagrada confluencia de Acoxpa y Miramontes, el espíritu navideño descendió con la sutileza de un meteorito en pleno agosto. Unos ilustres maestros del camuflaje urbano —farderos, para no andar con eufemismos de alta alcurnia— decidieron que la inflación era un mito y quisieron aplicarle el descuento del cien por ciento a su canasta básica. Pero, ¡ay, dolor!, los Campeones del circuito cerrado ya los tenían fichados. Imaginen por un segundo ese revoltijo intestinal, el terror absoluto de estos querubines cuando, a escasos centímetros de la libertad automática de las puertas de cristal, sintieron no la brisa del sur de la ciudad, sino el pesado aliento de los centinelas del chaleco negro. El pánico debió ser monumental, una angustia existencial digna de la caída de Pearl Harbor. Corrieron aplicando el "patitas pa' qué las quiero", con el sudor frío del pánico y la inmensa pena ajena de saber que la señora de las salchichas, los cerillos y las cajeras los estaban juzgando sin piedad. Y entonces, el milagro se hizo trifulca. Los guardias, transmutados en implacables arcángeles justicieros, dijeron "¡ya se armó la posada, raza!" y procedieron a repartir aguinaldos. No hubo un diplomático "joven, acompáñeme a la salida"; la escena evolucionó hacia un cataclismo de película de acción de bajo presupuesto. A los angelitos que querían hacer el súper de a grapa los agarraron, literal y dolorosamente, de piñatas de siete picos, dándoles su buena surtida a punta de puros macanazos y nudillazos. Una tragedia mexicana en el pasillo de abarrotes que nos deja una lección grabada con pomada de árnica: las fiestas decembrinas ya se sienten en el aire, y los de seguridad ya traen el bat calentito. ¿Crees que con semejante surtida a estos mártires del descuento se les haya reiniciado el sistema moral, o nomás cambiarán de código postal para su próxima fechoría?
Y entonces, el milagro se hizo trifulca. Los guardias, transmutados en implacables arcángeles justicieros, dijeron "¡ya se armó la posada, raza!" y procedieron a repartir aguinaldos.
No hubo un diplomático "joven, acompáñeme a la salida"; la escena evolucionó hacia un cataclismo de película de acción de bajo presupuesto.
A los angelitos que querían hacer el súper de a grapa los agarraron, literal y dolorosamente, de piñatas de siete picos, dándoles su buena surtida a punta de puros macanazos y nudillazos.
Una tragedia mexicana en el pasillo de abarrotes que nos deja una lección grabada con pomada de árnica: las fiestas decembrinas ya se sienten en el aire, y los de seguridad ya traen el bat calentito.
¿Crees que con semejante surtida a estos mártires del descuento se les haya reiniciado el sistema moral, o nomás cambiarán de código postal para su próxima fechoría?
