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Quiso saquear un tráiler volcado y terminó recibiendo el golpe de su vida

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Afirmaban los eruditos de la filosofa clásica que el hombre es el lobo del hombre (homo homini lupus), pero se equivocan categóricamente. El mexicano frente a un camión de carga volcado se convierte automáticamente en Cuauhtémoc defendiendo la honra mexica en aquel asedio a Tenochtitlán.

No hay fuerza termodinámica en el universo capaz de detener esa milenaria danza folclórica conocida por el pópulo como "la rapiña".

Porque, seamos honestos, en cuanto una bestia de dieciocho ruedas da el changazo en la carretera, la mercancía mágicamente deja de ser propiedad privada para transmutarse en un milagro de la providencia, un tributo de los dioses del asfalto que exige su recolección con urgencia extrema

Así amaneció el municipio de Villa de Reyes, San Luis Potosí, transformado de pronto en un Coliseo romano de lámina retorcida y llantas al aire. Nuestra protagonista, una valquiria de las ofertas extremas de la que omitiremos el nombre por mero pudor cristiano, no lo dudó ni un microsegundo.

Bajo el lema de "¡a lo dado no se le busca lado!", se arrojó a las entrañas del camión caído. En esos momentos de catarsis comunitaria, uno no piensa en la física elemental de los cuerpos pesados, el objetivo único de vida es meter mercancía hasta en el nies.

Allí estaba ella, codo a codo con sus vecinos, vaciando el vientre del leviatán metálico con la destreza salvaje de quien se va a surtir la despensa al tianguis en pleno domingo de quincena.

Pero, !ay, dolor! La vida es una tómbola y las leyes de Isaac Newton son implacables, especialmente cuando deciden aliarse con el mismísimo karma.

Mientras la turba extasiada extraía las cajas con euforia, desequilibrando el centro de gravedad del transporte, la caja del tráiler decidió que el saqueo había llegado a su fin.

En un giro dramático que le daría envidia a cualquier tragedia de Sófocles, el contenedor hizo un movimiento telúrico, una voltereta vengativa con todos los buitres adentro.

Y entonces, el cielo se oscureció y llegó el fatídico soplamocos.

Nuestra intrépida heroína de la redistribución no autorizada de la riqueza recibió el beso de Judas en forma de sendo trancazo directamente en la choya.

Un impacto de esos que te formatean el sistema operativo y te hacen ver a la Virgen de Guadalupe bailando mambo.

Imagínese usted, estimado lector, el estratosférico nivel de pena ajena: el dolor punzante, las campanas de la Catedral de San Luis sonando en el cráneo y, para colmo de males, el ridículo absoluto de la retirada.

¿Qué le dices a la familia cuando llegas a la casa con la cara como mapa en relieve y sin las cajas de sopa que prometiste?

"Fíjate, viejo, que iba pasando y un tráiler ninja me metió un guantazo". Una lástima absoluta. El colmo de la desgracia donde el llanto se ahoga en la carcajada del espectador.

Al final de esta épica jornada, la moraleja se escribe sola con sudor, rapiña y chichones. La valquiria potosina regresó a su morada sin el ansiado botín, con el orgullo hecho puré y una lección de estática aprendida a la mala.

Porque a veces, por andar de gandalla en el festón de la desgracia ajena, la vida te cobra el flete en cash y directo en la cara. Que los santos patronos del paracetamol y el hielo la tengan en su santa gloria.

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